DESAZÓN Y
RECUERDOS
Dormía con la cabeza echada hacia delante junto al
áspero tronco de una palmera, el tiempo pasaba lentamente mientras él
permanecía inmóvil anclado a su silla de ruedas ajeno a la realidad que le rodeaba;
unos chillidos agudos lo sacaron de su ultratumba particular y con los ojos entornados buscó su
procedencia. Sin llegar a levantar en su totalidad el caldeado y cansado apéndice
cefálico, giró lentamente el dolorido cuello escrutando su escaso campo visual;
allí los vio, a un centenar de metros a su izquierda y alejada de la primera
línea de playa, se levantaba en la arena una estructura de tubos metálicos y
tableros de colores que intentaba rememorar un castillo de almenas imaginarias.
Dos mozalbetes de escasos diez u once años ataviados
con un simple bañador y luciendo sus pieles bronceadas, subían y bajaban por las
escalas de cuerda, pasando de una torre a otra de la improvisada fortaleza
medieval al tiempo que acompañaban sus proezas, lanzando estridentes gritos
infantiles; ese infernal sonido, pueril e incómodo, se metía en las entrañas de
su dormido cuerpo alborotando sus resecas vísceras, el había sido el causante
de su inoportuno despertar y los maldecía por ello, si tenía que morir en aquel
abrasador abandono, al menos quería hacerlo en silencio o como mucho oyendo el
rumor del mar.
La vida seguía su curso alrededor del peculiar oasis,
no había agua, los dulces frutos de la solemne palmera permanecían
inalcanzables, no podía moverse ni tan solo girarse dado su precario estado y a
todo eso había que añadir el no recibir visitas a las que poder pedir auxilio;
era como si una barrera invisible creara un gran círculo a su alrededor,
impidiendo el acceso a la multitud que le rodeaba pero no solo era eso, la cosa
iba más allá y su desgracia se agravaba al ser invisible a los ojos de todos,
nadie miraba hacía donde el estaba y si lo hacían lo ignoraban. En ese estado
de patente abandono e indiferencia por parte del mundo que lo rodeaba, su desazón
iba en aumento a la vez que una profunda angustia invadía todo su ser
amenazando con llevarlo al colapso.
De pronto una risa tonta brotó entre sus labios, en su
amarga desesperación a su mente regresaron imágenes del pasado trayéndole
momentos cómicos de una vida más benévola; se dio cuenta de que en su
cabalgante sequedad aun tenía la frente cubierta por finas gotas de sudor ―me
estoy licuando por dentro y este sol del demonio está robándome los últimos
restos de humedad ―pensó torciendo la boca en una mueca macabra―. Su mente se
refugió en el pasado y así intentó eludir un presente triste y cruel.
Se vio con poco más de veinte años callejeando por un
barrio de moda al que acudía la juventud de entonces, allí el tumulto entraba y
salía de la multitud de garitos que abrían sus puertas a calles estrechas de
aceras escasas, sobre las cuales se arracimaban gentes de diversa condición. Frecuentaba
aquella zona con sus amigos; allí bebían, a veces mucho, charlaban y hacían
planes, allí ligaban, magreaban y besuqueaban entre el calor de la gente, allí
pasaban muchos fines de semana hasta altas horas de la noche. En una ocasión en
la que el bebercio había sido elevado, sus vejigas tensas como una pandereta,
clamaban por verter sus fluidos lentamente acumulados; la cosa llegó a tal
punto de urgencia que ante la imposibilidad por acceder a unos lavabos
saturados de humanidad, cosa normal en ese tipo de locales reducidos y
abarrotados de cuerpos en ebullición, arrimaron la entrepierna a una barra
concurrida de gentes reclamando sus raciones líquidas y allí, con vasos
generosos en las manos sustraídos del resbaladizo mostrador, aliviaron sus
tensos depósitos trasvasando su néctar caliente a los diáfanos recipientes de
cristal traslúcido que vibraban entre sus torpes manos.
Aquello ocurrió hace mucho tiempo, en una ciudad
lejana al poco de dejar el ejército y todo su mundo de entonces había muerto; como
echaba ahora de menos aquellas cervezas frías y espumosas, como anhelaba aquel
placer en su apergaminada garganta, la ansiedad por llevar líquido a sus
agrietados labios volvió a hacerse acuciante y su desesperación se agudizó una
vez más. ¿Dónde se habrán metido estas mujeres? ¿Cómo pueden haberse olvidado
de mí? El tiempo siguió pasando, los minutos se eternizaban y cada vez el final
estaba más próximo.
Suponía que antes o después alguien se dejaría caer
por allí y eso le daba un cierto respiro, no había oído nunca de alguien que
hubiera aparecido muerto a la vista de tanta gente no obstante, siempre había
una primera vez para todo y él no quería ser noticia por tal motivo; allí sólo
no podía hacer otra cosa que esperar, era absurdo agitarse o gritar pues ni su
cuerpo le permitía moverse ni su voz alcanzaría ser oída por nadie, tan solo
por tanto, incrementaría su angustia y malestar. Decidió intentar relajarse y
tomárselo con calma, volvería a recurrir a sus recuerdos y mientras tanto el
tiempo iría pasando, confiaba que a su favor.
Tuvo una novia hacía mucho, monjil y difícil de besar,
recordaba que cuando consiguió posar sus labios sobre los de ella por primera
vez no hubo forma de encontrarle la lengua, era esquiva y huidiza, al principio
le chocaba un tanto su aptitud amatoria, él era el primer hombre al que ella
besaba y por ello lo achacaba a su falta de experiencia; cada beso era toda una
aventura en busca de aquel órgano húmedo y retráctil cuya defensa, siempre
acababa en retirada. Era muy atractiva y sabía maquillarse con acierto, su
estilo en el vestir hacía resaltar su figura a la que sacaba mucho provecho,
sus piernas eran delgadas pero de formas exquisitas y bien proporcionadas, las
lucía siempre enfundadas en medias negras; siempre le gustó su melena,
normalmente llevaba el pelo suelto cayendo sobre sus hombros, de un color
castaño en él destacaban algunos reflejos más claros, ella se quejaba de la
facilidad con la que se le caía el cabello por lo cual tomaba vitaminas
revitalizantes contra la caída. Asidua a los zapatos con tacones altos, andaba
sin dejar indiferentes a cuantos con ella se cruzaban, estaba orgulloso de que
se hubiera fijado en él pero no sabía besar, su novia de entonces era atractiva,
monjil e inexperta en las artes amatorias, nunca tuvo muy claro si
llegó a quererla.
La brisa a través de las palmas hacía susurrar al
tronco de la palmera, una conversación muda y silenciosa se estableció entre
ambos seres allí anclados sobre la arena; el calor era sofocante a esas horas del
día, el cielo seguía limpio de nubes y aquel particular oasis en el que se
encontraba, estaba más aislado que nunca, la soledad le pesaba como una enorme losa
que añadía más sufrimiento a su precaria existencia. Era incapaz de girarse y
mirar a su alrededor por tanto, su campo visual estaba considerablemente
mermado obligándose a tan solo ver lo que tenía delante y poco más, era una limitación añadida a sus propias
limitaciones, aquellas que había traído de casa se veían ahora incrementadas por
aquel mar de arena en el que poco a poco estaba hundiéndose.
En los últimos minutos, él calculaba que serían
minutos, habían ido desfilando sin cesar gentes que poco antes estaban tiradas
en la arena sobre sus multicolores toallas o bien chapoteaban entre las olas,
por el regular desfile de seres enrojecidos o bronceados dedujo sería la hora
de comer, a esa hora las playas solían vaciarse considerablemente en busca del
ágape diario; en esa tesitura confiaba que el fluir de personas anónimas a
través de las pasarelas entablilladas, le devolviera a su gente o en el peor de
los casos, acercara a alguien por su entorno próximo, alguien a quien pedir
auxilio, solo necesitaba unas manos y unos brazos que empujaran su silla fuera
de aquel oasis donde todo escaseaba para él; no había agua, no había sombra, no
había compañía y pronto, si no ocurría un milagro, no habría vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario