sábado, 28 de enero de 2017

ANTES DE DESPERTAR

En blanco y negro o en color vives tú historia, esa en la que solo tú eres el protagonista a pesar de los muchos secundarios que te rodean; en ella alcanzas logros inesperados que difícilmente habrías imaginado, sufres amenazas y peligros de  los que no sabes cómo escapar, encuentras amores anhelados de difícil explicación que aun sin merecerlo consumes en momentos de pasión.

Sin un motivo claro sus ojos verdes golpean una y otra vez los entresijos de tú atormentada mente aun a sabiendas de que no los volverás a ver, aquel amor de juventud que aparecía cada noche entre las brumas neuronales de tú materia gris, se perdió hace mucho entre los avatares de una vida mal gestionada; la realidad actual se adentraba en tus sueños y esta era más acuciante e incierta que cualquier otro deseo, marcaba cada minuto de tú vida y tenía abducida tú voluntad ejerciendo un férreo bloqueo sobre cualquier atisbo de actividad.

Hacía demasiado tiempo desde que entró en el periodo más gris de su vida y este parecía no tener fin; el uniforme quedó tirado sobre el sillón rendido ante el adversario, las armas guardadas en los cajones a la espera de nuevas misiones que ejecutar acumularían el polvo del olvido y en el aire un sentimiento de fracaso flotaría impregnando el entorno, dando un sabor  agridulce a toda aquella situación; aquello se intuía el principio del fin.

Al igual que la climatología adversa, su vida era un continuo contratiempo y en él respiraba con dificultad sin poder evitarlo; refugiado en sus sueños los cuales también eran escasos, intentaba soltar amarras y despegar sin rumbo dejando atrás todo aquel lastre que había ido acumulando sin apenas darse cuenta y que llevaba minando su existencia  los últimos años. Con el motor cascado, la estructura muy deteriorada y sin apenas combustible aquel viaje se presumía corto y con un final poco halagüeño pero no por ello dejaba de soñarlo siempre que tenía ocasión y los hados lo llevaban a las brumas de lo inconsciente.

Antes de despertar debía ver imposibles  pues sabía que en cuanto volviera a la realidad, su realidad, todo volvería a ser gris y anodino; agobiado por un camino que parecía no tener fin regresaría a experimentar la opresión y la angustia de unas circunstancias impuestas por ajenos a los que nunca  podría borrar de su cabeza. Maldiciendo la hora en la que no saltó del barco veía como aquel naufragio se estaba haciendo eterno sin poder hacer nada para ponerse a salvo, todo a su alrededor hacía aguas y él ya había perdido la capacidad de mantenerse a flote.


Así pues aferrándose cada noche a unos sueños cada vez más endebles, intentaba prolongar una ficción que lo mantuviera a salvo de su otra vida, aquella en la que todo había salido mal, aquella en la que todo lo conseguido estaba desapareciendo, aquella que  prolongada en el tiempo se había convertido en un calvario de la noche a  la mañana. Solo esperaba un estertor final con el que las escasas energías que aún le quedaban, escaparan de su maltrecho cuerpo y una vez este estuviera libre de ellas, iniciara el largo viaje sin retorno al que todos estamos abocados.

sábado, 21 de enero de 2017

JERIBEQUES Y OTROS ABALORIOS

Lola era mujer de ropas con jeribeques, entendiéndose por estos aquellos motivos de ascendencia arabesca; todas sus prendas lucían originales dibujos y fragmentos coránicos que ella se hacía traducir, quería saber el significado de aquellos trazos que mostraba en sus vestimentas de modo desenfadado y elegante. No tenía marcas, de hecho igual compraba en una tienda de postín que en un mercadillo callejero a los que era asidua, luego estaba en su toque personal la apariencia singular que les daba a lo que contribuía en gran medida la percha que los llevaba, porque Lola era mujer de buena figura.

Su vestuario solía ser variado y de colores llamativos, no repetía ropa dos días seguidos y su fondo de armario daba para mucho más, su colección de zapatos era la envidia de todas sus amigas por algo eran su hobby; los tenía de todas las formas y colores, con tacones y punteras variadas, algunos eran verdaderas obras de arte destinados tan solo a ocasiones muy especiales por que Lola era de asistir a eventos y fiestas exclusivas; era una diosa a poco que se presentara en sociedad siendo el foco de todas las miradas por su porte y simpatía.

Otro de sus fuertes en cuanto a indumentaria era la ropa interior, su oferta en lencería fina era inacabable y su procedencia daba la vuelta al mundo aunque sus marcas favoritas las encontraba en Francia e Italia. Sus piernas bien torneadas, eran un regalo para la amplia gama de medias que pacientemente esperaban ser elegidas dentro de sus cajones; el apartado de corsés, sujetadores, ligas así como bragas en todos sus formatos era impresionante pues Lola cuidaba tanto su interior como su imagen exterior.

Dotada de movimientos felinos y majestuosos, sacaba lo mejor de cada prenda que se ponía, era consciente de que sobre su piel una camisa sin importancia lucía en todo su esplendor, ganando muchos enteros cualquier vulgar paño; Lola era de andares firmes y decididos, los pantalones le sentaban de maravilla dando igual su corte, si se ceñían como un guante resaltaban su esplendida figura, si por el contrario eran amplios dando libertad a sus piernas acompañaban sus delicados movimientos.

Si variado era su vestuario no quedaban atrás los numerosos abalorios y complementos; bolsos, sus armarios eran el paraíso de la piel, natural o sintética, allí podías encontrar ejemplares de todos los estilos y para todas las ocasiones, grandes, pequeños, medianos, con asas, bandolera o tipo cartera, también en formato mochila. Todos las opciones y texturas estaban allí correctamente almacenados en la penumbra de su vestidor, abrir aquellas puertas era entrar en un paraíso de exclusividad y glamour. Gustaba de lucir anchos cinturones con hebillas llamativas pero también poseía multitud de estos en dimensiones variadas; el apartado bisutero era su otra gran pasión, pulseras, collares, pendientes y esclavinas, todo un mundo de brillos y metales nobles, cualquier cosa en Lola incrementaba su valor pues su porte así lo confirmaba pero el tiempo pasó… y no lo hizo en vano.


La bruja Lola fue un portento de mujer cuando era joven, hoy venida a menos, tan solo rellenaba unos vestiduchos comprados en un chino mientras juguetea con las cartas o su bola de cristal; sus grandes senos blandos y de difícil contener, golpeaban los costados de un cuerpo ajado y pequeño cada vez que deambulaba por las aceras; sus en otras épocas hermosas piernas, hoy mostraban el paso del tiempo en forma de varices y arañas vasculares de distribución diversa, unas pantorrillas hinchadas y mal alineadas en nada recordaban a aquellas columnas de Venus que tantas medias lucieron y tantas miradas robaron. Lola la deseada era hoy un pingajo anónimo que malvivía del recuerdo pues en su cabeza aun perduraban los años de esplendor que no supo gestionar. Hoy Lola era la bruja Lola y se decía de ella que podía averiguar el futuro, cosa que no hizo con el suyo; no supo guardar cuando tenía y hoy las carencias la agobiaban pero ya era tarde para ponerle remedio a sus miserias.

sábado, 14 de enero de 2017

EXPRIMIDO COMO UNA BOLSA DE TÉ

Aquella situación parecía no tener fin, uno había perdido la capacidad de sorprenderse y era capaz de esperar cualquier cosa, pero eso sí siempre mala; cuando todos los males parecían haberse conjurado para hundirlo en la miseria, siempre había algo o alguien capaz de empeorar aún más las cosas y ya no sabía cómo resistir.

Su vida era precaria, su salud cogida con alfileres amenazaba con sucumbir un día sí y otro también; los días pasaban a velocidad de vértigo a pesar de su monotonía, solo convulsas noticias hacían acto de presencia de tanto en tanto por lo que ninguna alegría era esperada en su círculo más cercano durante los próximos tiempos.

Había que poner la materia gris a trabajar y buscar una salida, el inmovilismo estaba acabando con él, había que reaccionar pero ¿cómo dar el primer paso y en qué dirección hacerlo? Un mar de dudas e incertidumbre se abría ante él haciéndolo sentir como un náufrago arrastrado a la deriva por las corrientes de sus circunstancias, a la vista ninguna tabla de salvación.


El bagaje económico iba menguando a medida que la situación se prologaba en el tiempo, el anímico hacía mucho que estaba en cuidados intensivos y no remontaba; todo era un caos en torno a su círculo más próximo y por el momento no se veía la luz al final del túnel. Con una nueva temporada invernal por delante intentaría sobrevivir a los fríos que tan mal llevaba, intentaría hacerse a la idea de que lo que tuviera que llegar llegaría, tan solo quería acabar con todo aquello y olvidar si es que eso era posible; dejaría a la vida correr como si no fuera con él aún a sabiendas de que él ocupaba el epicentro del desastre.

Su vida se había convertido en un bucle que como en el Día de la Marmota, todo se iniciaba cada mañana para volver a repetirse sin avanzar un ápice; estaba anclado y no podía romper sus cadenas, tan solo esperar acontecimientos nada halagüeños. Estaba cansado, los últimos años lo estaban exprimiendo como a una bolsa de té en el fondo de una taza de porcelana, nada bueno cabía esperar y lo malo llevaba tanto tiempo campando a sus anchas que ya había arraigado en su alma sin ninguna intención de abandonarla.


Por momentos parecía flotar en un limbo ajeno al mundo en el que realmente vivía; sus armas, sus mujeres y sus islas lo mantenían a flote muchas veces en un precario equilibrio con el caos que le rodeaba al que siempre acababa sucumbiendo y en estas circunstancias, cada nuevo día se había convertido en una pesada losa difícil de llevar.


Ya había desistido de ver aparecer un resquicio de esperanza, una grieta por la que asomara la luz al final del túnel, eran tantas las esperas fallidas que a estas alturas de su vida no cabía sino contar los días que iba dejando atrás sin preocuparse ya por los que estaban por venir pues nada bueno esperaba de ellos. Todo  terminaría antes o después, tan solo deseaba que ese final esperado no se demorara demasiado aunque ello implicara cerrar los ojos para siempre.

sábado, 7 de enero de 2017

PAZ Y AMOR

Era su forma de saludar y  despedirse, aquel tipo curioso no andaba muy bien de la cabeza, hablaba para sus adentros y tenía largas conversaciones con el cuello de su camisa; si estaba cerca de una tertulia, él la seguía con atención asintiendo reiteradamente con la cabeza, como hacían los antiguos perritos que poníamos en la trasera de nuestros vehículos. Su verborrea estaba plagada de coletillas y frases inacabadas siendo paz y amor, una de sus más utilizadas; Tomás era su nombre y el ramo de la automoción su ocupación, nunca quedó claro que papel desempeñaba en la empresa pues su confusa conversación creaba siempre un mar de dudas, nunca aclaraba nada y todo quedaba en un desesperante a medias.

Oírlo suponía una gran dosis de paciencia, un gran aguante sin el cual uno acababa por levantarse y dejarlo en medio de una de aquellas frases inacabadas tan típicas de él; así era Tomás, inaguantable, solitario, taciturno pero con don de gentes a pesar de todo y a pesar de todos, siempre acompañado en las noches de verano de un gin tonic que bebía a pequeños sorbos mientras su mirada se perdía en el vacío de su mundo interior.

Mi general era otra de sus frecuentes coletillas, con ella se refería al malogrado caudillo de la España de postguerra, era un fiel seguidor de aquel hombre cuya figura atormentó y ensalzó a las dos mitades de una patria dividida durante más de cuarenta años; el amor, la guardia civil y su general eran los tres pilares en los que se sustentaba buena parte del carácter de este curioso personaje. Era muy de hacerse con la juventud, conocía a todos por sus nombres y estos hacían corro con él, era como un Jesús rodeado por la chiquillería que escuchaba sus historias y con ella él se explayaba nadando entre medias tintas como era su costumbre.

Como cada día al caer la tarde y con las primeras sombras, Tomás se aislaba frente al televisor del club social y allí mirando pero sin ver, daba buena cuenta de un bocadillo de lomo con pimientos acompañado por una generosa cerveza, era su  cena diaria; con las pilas cargadas tras su frugal ágape salía a tomar el aire dispuesto a enfrentarse a una nueva noche de tertulias en las que aprender y departir, siempre bajo la atenta mirada de la  luna.

La dialéctica inacabada y sin un sentido claro era su fuerte, iniciar un tema y divagar sobre el mismo hasta abandonarlo su pasión, con él nunca aclarabas nada, todo eran conjeturas incongruentes carentes de fundamento alguno, era de iniciar sin culminar. Si yo hablara… solía ser otra de sus coletillas, pero nunca llegaba a pronunciarse sobre lo que supuestamente callaba, era experto en sembrar dudas que nunca veían la luz, elaboraba incógnitas sin respuestas y terminaba sus locuciones con un paz y amor o vivas a su general. Era un tipo extraño el tal Tomás.

Deambulaba sin rumbo, sus idas y venidas dentro y fuera del complejo residencial eran continuas, su destino un misterio, pitillo  en mano se perdía en la oscuridad de la noche camino del chiringuito playero o quizás quedaba por el camino en uno de sus muchos impases; a su regreso se sentaba y continuaba la conversación como si nunca hubiera abandonado la tertulia. Era un caso de estudio si realmente hubiera interesado a alguien pero tal situación nunca se dio.

La plantilla de la empresa para la que trabajaba, una multinacional, fluctuaba con los aires de la crisis, las distintas delegaciones en los diferentes países competían entre ellas por mejorar sus cuentas de resultados, la suya se había llevado el gato el agua siendo concesionaria para la fabricación de nuevos modelos lo que supuso contratación de cientos de operarios; Tomás andaba eufórico esos días ante tales noticias y lo celebraba con gin tonics, muchos gin tonics que le soltaban la lengua y enlentecían la razón; esos días se prodigaba más de lo habitual en las tertulias nocturnas pero su discurso no mejoró en claridad. Nubes espesas sobrevolaban su cabeza amenazando chaparrón de ideas a medio plantear, frases inconclusas de difícil entendimiento salían de su garganta aderezadas con sus típicas coletillas.

Y llegó su gran  noche, en ella triunfó llevando sus despropósitos a límites insospechados, en sus desvaríos y metiéndose en camisa de once varas como era su costumbre, volvió a poner en compromiso a gentes desconocidas que por educación, le siguieron el rollo; hartos de él y tras recriminar su comportamiento, el pequeño mequetrefe explotó su ira faltando a los presentes lo que motivó una lluvia de adjetivos hacia su persona. Quedó solo aquella noche de luna lamiéndose sus heridas y a partir de aquel día, un vacío se cernió en torno a su persona pues todos lo eludían poniendo de manifiesto el rechazo y hastío que siempre había provocado pero que por educación, nunca se le había demostrado.

Sus frases inacabadas ya no serían oídas, sus dilemas a medio explicar ya no serían escuchados, sus coletillas perderían eco entre los corros tertulianos y poco a poco su luz machacona y sin sentido iría apagándose en aquella comunidad a orillas del Mediterráneo.


Hoy Tomás nos ha dejado, ha ido a reunirse con su general, pero su figura siempre será recordada en aquella playa y seguro que allí donde esté seguirá siendo un miembro destacado en las tertulias durante las noches de verano; descanse en paz.

sábado, 31 de diciembre de 2016

CRÓNICAS DEL DELANTAL (IV)

MAÑANAS DE AMOR

Aquel primer beso dio pie a otros muchos, en adelante su relación ya no sería la misma sin tener muy claro ninguno de los dos, si eso era bueno o malo pues no había que olvidar que ella era una mujer casada. Seguía yendo dos veces por semana a su casa pero todo había cambiado y no veía la hora de llegar allí, aquellas mañanas el corazón se le aceleraba a medida que iba acercándose a su barrio y un sinfín de mariposas revoloteaban dentro de su estómago. La conciencia de su infidelidad la atormentaba pero no podía evitar sentirse arrastrada hacía él y cuando al fin estaban juntos, todo lo demás quedaba en un segundo plano.

Llegaba como siempre enfundada en sus jeans ajustados, la chaqueta abierta y un gran bolso colgado del hombro; su pelo suelto hasta media espalda y una mecha cruzándole la cara le deban un aspecto rebelde y atractivo que a él le encantaba. Algunos días él ya estaba levantado cuando ella llegaba y lo encontraba desayunando o en el baño, otros días la esperaba en la cama en la cual ella se metía tras despojarse de su indumentaria dándole los buenos días entre sus brazos. Él disfrutaba viéndola desvestirse, en ocasiones liberar aquellas piernas de los ajustados vaqueros hacían peligrar su equilibrio pero una vez estas quedaban libres, el resultado era espectacular; solía meterse en la cama con la ropa interior dejando que fuera él quien se la quitara durante sus juegos amorosos.


Él daba rienda suelta a la pasión retenida durante meses, ella le respondía como nunca hubiera imaginado llegando al punto de sobrepasar lo considerado como convencional; ella se adaptó muy rápido a su falta de movilidad descubriendo sus puntos sensibles y explotándolos hasta la saciedad, él proponía posturas que le permitieran llegar a todo su cuerpo y ella se ofrecía con gusto alcanzando cotas de placer nunca antes experimentadas. Su cama aquellas mañanas se convertía en un laboratorio del amor, allí practicaban lo inusual, lo prohibido, pero con todo ello ambos reforzaban sus lazos llevándolos más allá del mero plano físico.

Tras unas cortas vacaciones en las que no pudieron verse, aquella mañana llegó luciendo sus clásicos jeans y un ancho jersey de color azul pálido estampado con cientos de pequeños corazones, el conjunto la hacía muy atractiva y deseable; su pelo tenía otro aire quizás debido al paso por la peluquería motivado por la asistencia a una boda el día anterior, sea como fuere estaba distinta y ese cambio encendió su lujuria retenida durante las últimas semanas nada más verla. Él se acababa de duchar volviéndose a la cama para esperar su llegada, ella entró puntual dirigiéndose a la cocina donde dejó sus enseres y el pan recién comprado, ese día se quedaría a comer.

Entró en su habitación y se quedó mirándolo desde cierta distancia tras un cálido “buenos días”, la luz filtrada por la persiana creaba un juego de claroscuros dando al entorno un clima de penumbra, él quería verla más nítidamente así que encendió su lámpara de sal cuya luz aun siendo tenue mejoraba considerablemente la iluminación de la estancia. Ella se acercó despacio inclinándose sobre él y posando sus labios sobre los suyos de manera fugaz, incorporándose antes de que él pudiera abrazarla; tenía ganas de jugar y su juego no era otro que el del amor.


Retirándose un poco de la cama se acercó al mueble donde estaba el equipo de música e introdujo un CD de Diana Krall, los acordes de su piano empezaron a sonar inundando la habitación; él se acomodó contra la almohada dispuesto a contemplarla. 

Ella empezó a moverse dejándose llevar por la música, sus brazos parecían flotar acercándose y separándose de su cuerpo, sus manos cogieron la parte baja del jersey subiéndolo y bajándolo por debajo de su pecho, él empezó a impacientarse. Con un movimiento rápido sacó un brazo de su manga y luego el otro quedando ambas vacías a merced de la gravedad; poco a poco fue subiéndolo hasta que su cabeza desapareció por un instante dentro de él pasando en un visto y no visto a una de sus manos, lanzándolo acto seguido sobre su silla de ruedas.

Ese día había elegido un conjunto de ropa íntima color champagne semitransparente que resaltaba la voluptuosidad de su busto convirtiéndola en una diosa. Sin dejar de moverse delante de él y embriagada por la voz quebrada de la Krall, sus dedos descendieron hacia los jeans buscando los botones metálicos, uno a uno, sin prisas, los fue desabrochando dejando poco a poco al descubierto unas braguitas de encaje a juego con el sujetador; él ya no aguantaba más.


No sin esfuerzo consiguió liberarse que aquellos pantalones ceñidos como  un guante quedando ante él casi desnuda; sus largas y bien torneadas piernas coronadas por unas exiguas braguitas, sus caderas y más arriba su estrecha cintura, sus pechos prisioneros de un provocador sujetador, sus hombros y un cuello custodiado por su larga cabellera, creaban un cuadro frente al cual él se deshacía en deseo. Cuando él levantó la sábana invitándola a entrar ella por fin se acercó metiéndose de un salto junto a él fundiéndose en un apasionado abrazo, sus bocas se buscaron sedientas del néctar mutuo y sus lenguas iniciaron el recorrido por la piel del otro como si fuera la primera vez.

Él le desabrochó el sujetador que quedó perdido entre las sábanas hundiendo la cara entre sus pechos, ella exploraba con sus manos entre jadeos los bajos fondos de él recreándose con su miembro húmedo que ya presentaba una considerable erección. 

Con las manos sobre sus nalgas fue bajando con delicadeza sus braguitas color champagne a lo que ella le ayudó sacándoselas de las piernas; ambos desnudos respiraban entrecortadamente llegando a un punto en el que ella ya no aguantó más y sujetándolo con una mano se introdujo el miembro ingurgitado y duro con un gemido de placer tras lo cual, inició una danza sobre él que por momentos se aceleraba con una fuerza inusitada inmersa en un frenesí de pasión.


Él la miraba desde abajo, sus pechos calientes y húmedos se balanceaban sobre su torso haciendo que el roce de sus pieles endureciera sus pezones, con los ojos entornados veía como se mordía el labio inferior para evitar que su garganta dejara escapar un grito de placer; ella aceleró su cabalgada mientras él contribuyó a incrementar su placer acariciándole el sexo al tiempo que su lengua jugaba con uno de sus pezones, el clímax se aproximaba pero él sabía retrasar ese momento y aflojó en sus caricias tomándose un respiro.

Ella le sonrió desde las alturas sosegando sus embestidas con la cara cubierta de un sudor tibio que él lamió con pasión, pero no estaba dispuesta a darle descanso y tras besarlo en los labios inició de nuevo un vaivén rítmico que fue acelerando entre gemidos que ya no intentaba ahogar; aquel era el polvo de su vida y quería disfrutarlo hasta el final. Por su parte él a pesar de su falta de sensibilidad y movilidad en gran parte del cuerpo, recibía un gran placer por parte de ella, sabía dónde estimularlo, pero sobre todo disfrutaba con su disfrute, tenerla encima moviéndose como una pantera húmeda y caliente, gimiendo de placer y retorciéndose con cada caricia suya, lo colmaba hasta límites insospechados no queriendo reconocer que desde hacía tiempo se estaba enamorando de aquella mujer.

sábado, 24 de diciembre de 2016

CRÓNICAS DEL DELANTAL (III)

UN CORTE DE PELO

Los jeans eran su segunda piel, se ceñían a sus piernas como un guante marcando unas caderas de calendario, su cintura y más arriba de esta un busto de dimensiones generosas le daban un atractivo aspecto; ella debía ser consciente de su buena figura pero no daba muestras de ello y eso le añadía un punto de erotismo subliminal que no pasaba desapercibido. Sin ser un bellezón tenía su encanto y si algo destacaba en su carácter era su buen humor, siempre tenía una sonrisa en los labios y eso se agradecía.


Él la llevaba en la cabeza más allá de su presencia física, la recordaba con frecuencia durante sus ausencias y en alguna ocasión apareció en medio de sus sueños no obstante, un manto de brumas la rodeaba y nunca pudo llegar a concretar una historia nítida y coherente en la que ambos se identificaran. Cada mañana de las que venía por casa dejaban un poso de imágenes que él reciclaba y daba forma a su antojo, creaba escenarios y desarrollaba tramas ficticias que nunca concluía, pues no hallaba el  catalizador que uniera aquellos fragmentos de vivencias fugaces, algo escapaba a su control dejando inconclusas todas aquellas historias.

Aquella chica tenía chispa y esta la iluminaba allá donde estuviera, era como un áurea que te hacía no querer apartar la mirada de sus formas; desde hacía tiempo tenía en la cabeza regalarle una camiseta, ella solía usarlas y las tenía muy variadas, él no encontraba la idónea aunque tampoco le había dedicado tiempo suficiente a buscarla, aprovechaba cuando zascandileaba por la ciudad para ver escaparates pero nunca llevó a cabo una búsqueda profunda. Siempre que una prenda le llamaba la atención, la imaginaba a ella llevándola, viendo cómo se adaptaba a sus curvas, cómo resaltaban los colores sobre su piel… no podía evitarlo, era algo superior a él.

La chica de los jeans ajustados estaba atrapada en su cabeza, presa en sus retinas y no podía desprenderse de su recuerdo aun estando lejos de ella; allí junto a la playa intentaba imaginar su cuerpo en biquini jugando con las olas del mar, su piel bronceada moviéndose junto a la orilla mientras sus pies recibían cientos de besos de espuma blanca. El verano era una buena época para lucir aquel cuerpo que parecía ella no saber poseer, con movimientos armónicos, delicados como una gata, se mezclaría entre la muchedumbre estival espolvoreando su néctar de amor; ella dejaría huella allí por donde pasara pues era única a los ojos de los dioses.


Aquella mañana llegó especialmente cautivadora, sin saber exactamente que había cambiado en ella, ocupaba todo su campo de visión no existiendo nada a su alrededor, daba la impresión de tenerlo abducido. La seguía con la vista allá donde fuera mientras intentaba tener una charla desenfadada e intrascendente que mantuviera su atención sobre él; con  movimientos ágiles se desplazaba por el gran salón bayeta en mano, eliminando restos de polvo inexistente sobre muebles y cacharros de los que había a cientos, mirándolo de tanto en tanto en respuesta a sus palabras.

Con parte de la casa ya arreglada hizo un receso y se dispusieron a tomar un café, como de costumbre él los preparó, para ella solo con poca azúcar, para él con un chorrito de leche condensada. Aquel era su momento de la mañana y en él ella colgaba su delantal y se soltaba el pelo pues sabía que a él le gustaba verla así, con la imaginación podían trasladarse a cualquier terraza de la ciudad en la que como cualquier pareja, compartían sus cuitas y secretos ajenos a lo que les rodeaba.

Ella llevaba tiempo intentando convencerlo de que la dejara cortarle el pelo, él entre risas siempre desechaba el asunto aplazándolo para más adelante cuando lo tuviera más largo, esa mañana ella volvió a insistir en el tema alegando que ya lo tenía casi todo hecho y por tanto tenían tiempo. A ella se le abrieron los ojos como platos cuando él asintió dándose por vencido y accediendo a su petición, por fin lo había conseguido; una vez recogida la escasa vajilla utilizada se encaminaron al cuarto de baño donde tendría lugar la operación pilosa.

Esa mañana llevaba una camiseta de tirantes lo cual iba a agradecer dado el calor que en aquel cuarto de aseo daban los halógenos, él pasó a quitarse directamente el polo que llevaba puesto y cubrirse con una sábana a modo de mandil de peluquero para protegerse de los infinitos restos de cabello que estaba a punto de recibir. Frente al gran espejo él la veía a sus espaldas dispuesta a empezar la faena, le encantaba ver sus hombros desnudos y sus largos brazos cuya piel empezaba a brillar por el efecto térmico de las luces, daban la impresión de estar en un camerino a punto de maquillarse para salir a escena.

Con la cabeza inclinada sobre el lavabo ella empezó a lavársela, sus dedos se desplazaban por el cuero cabelludo de manera delicada pero firme, sus manos enjabonadas ejercían un masaje sobre su cabeza que se prolongó hasta el cuello para luego volver a ascender, notaba el roce de su cuerpo sobre la espalda y la excitación se apoderó de él sin poder evitarlo. Llegó el momento de enjuagar y el proceso fue igual de gratificante, la presión del agua sobre su cabeza ayudada por unos dedos que no dejaban de masajear su piel hacían que deseara que aquello no acabara nunca.


Saberla con sus manos sobre él, con la piel húmeda por el calor del ambiente y enfundada en aquellos jeans tan ajustados, ponía a prueba su lívido que por momentos amenazaba con desbocarse. Cuando se incorporó y volvió a verla a sus espaldas a través del espejo estaba radiante, húmeda y radiante, le sonreía, él sabía que ella era consciente del efecto que ejercía sobre él y le gustaba que lo supiera; su juego de miradas lo decían todo.

Había que empezar a cortar y ella parecía saber de qué iba la cosa pues se le notaba destreza con las tijeras, él no apartaba la mirada de su rostro, de  sus hombros, de sus brazos… sin importarle lo que cortaba pues si ella iba a quedar satisfecha, seguro que él también. Transpiraba en aquel ambiente saúnico y no tardaron en aparecer cercos de sudor en su camiseta como una prolongación de su piel húmeda, que en algunos puntos ya mostraban finas perlas de fluido que ella limpiaba de tanto en tanto con el dorso de su mano, le encantaba verla así y bromeaba con su exagerada intolerancia al calor haciéndola reír.

Unos minutos más tarde el corte estaba listo para revista, un enjuague rápido para eliminar los restos de pelo y la retirada de la sábana que había servido de protección durante todo el proceso finalizó el acto; él quedó mirándose en el espejo mientras ella barría entre sus ruedas los restos de cabello para evitar esparcirlos por toda la casa. 


Una vez todo retirado ambos quedaron mirando al espejo que les devolvía su imagen, ella esperaba su veredicto, él movía la cabeza hacia los lados para comprobar el resultado que claramente le satisfacía aun sin decirlo; empujando con sus manos levemente sobre la encimera, deslizó hacia atrás su silla de ruedas girándose para mirarla, ambos se sonrieron y él sin pensarlo la rodeó con su brazo por la cintura atrayéndola hacía él, ella no ofreció resistencia sentándose sobre sus piernas y aproximando su cuerpo húmedo al de él desnudo. Segundos más tarde sus labios se fundieron por primera vez.

sábado, 17 de diciembre de 2016

CRÓNICAS DEL DELANTAL (II)

LA CHICA DE LOS JEANS

Últimamente venía más maquillada que de costumbre, sombra de ojos, labios perfilados, algo de colorete en las mejillas… su indumentaria no había cambiado sin embargo tenía otro aire, estaba más atractiva, algo en ella era distinto pero no acertaba a dar con qué.

Las mañanas se sucedían una tras otra, él la oía entrar en casa desde su cama, dirigiéndose a la cocina donde iniciaba su ritual: zapatillas, delantal, el pelo recogido en un moño o coleta, guantes de látex… siempre enfundada en unos jeans ajustados que resaltaban su espléndida figura; no tardaba en asomarse a su habitación y con el saludo matutino sus vidas entraban en un bucle como ocurría en el film El día de la marmota.


Silenciosa como una gata iba y venía por la casa plumero en mano eliminando cualquier atisbo de injuria higiénica, injuria que por otro lado solo ella veía; a él le gustaba verla moverse y ella hacía tiempo que lo sabía, porque esas cosas se notan y ella no era tonta de manera que sabiéndose observada, ella se movía para él.

Aquella mañana era especialmente calurosa, la noche, una más, había sido tórrida haciendo difícil conciliar el sueño, él llevaba muchas horas despierto cuando ella llegó; tumbado sobre la cama con las sábanas revueltas, esta ardía como un horno calentando toda su piel, ansiaba darse una ducha pero no podía moverse. Ella entró en la habitación dándole los buenos días al tiempo que se anudaba la coleta, él le pidió que se la soltara por un momento y agitara la cabeza, le encantaba verla con el pelo suelto y algo revuelto, ella rio ante su petición y procedió a soltar la goma que sujetaba su largo cabello, agitó la cabeza liberándolo  y este quedó libre sobre sus hombros cubriéndole parcialmente el rostro.


Accionó el interruptor y la persiana inició su ascenso convirtiendo las sombras en claridad; pudo verla con total nitidez, allí plantada ante él con los brazos en jarras, el pelo suelto y una mueca burlona en sus labios lo conminaba a levantarse bajo la amenaza de tirar de sus sábanas (todos los días igual). Sabía que solía dormir desnudo y él que ella lo sabía pero no le importaba que llegara a cumplir su amenaza, quizás lo deseaba para poder ver su reacción.

Ella siempre tenía calor, cualquier prenda a poco que se moviera la agobiaba no tardando en subirse las mangas a la altura de los codos; con la  llegada del buen tiempo solía llevar camisetas, muchas veces sin mangas mostrando sus hombros y dejando al descubierto sus largos brazos, era cuando más cómoda iba; aquella mujer iba sobrada de energías aunque también, por qué no decirlo, era un poco exagerada en sus impresiones térmicas. Tenía un punto de pícara arrogancia y siempre lo estaba probando con retos y medias palabras, a él le divertía aquel juego de veladas insinuaciones que ya se había convertido en costumbre entre ellos, ambos se lo decían todo sin necesidad de decirse nada.


Esa mañana de viernes era distinta, algo iba a cambiar entre ellos pero aún no lo sabían; ante las pocas ganas que él parecía mostrar por levantarse y dado que precisaba de cierta ayuda a causa de su movilidad reducida, ella se acercó hasta el borde de su cama con intención de ejecutar su amenaza pero él sonrío al verla acercarse. Levantó su mano acercándola a ella y esta lo imitó hasta que sus dedos entraron en contacto entrelazándose, entonces y de forma intuitiva tiro de ella hacia él convencido de que ella aflojaría su presión soltándose pero no fue así.

Se aproximó sin soltarse y se sentó en el borde de la cama junto a él, sus manos seguían unidas y la presión se convirtió en caricia mientras se miraban; un “buenos días” salió de la boca de él mientras se acomodaba contra la almohada al tiempo que la sábana resbalaba sobre su pecho. Ella respiró hondo elevando la mirada hacia el techo, su larga melena se meció acariciando su espalda hasta que con un delicado movimiento de su cuello volvió a posarse sobre sus hombros, lo miró con la cabeza  ladeada y una sonrisa afloró en sus labios.

¿No vas a darme un beso de buenos días? ―le preguntó él con tono burlón. Ella soltó su mano y tras llevársela a los labios posó dos dedos sobre los de él diciéndole ―date por besado―; acto seguido se levantó y sin darle la espalda fue alejándose hasta salir de la habitación. Él vio cómo se marchaba quedando con una sensación agridulce, aun sentía sus dedos sobre los labios y una última mirada le hizo volver a disfrutar de aquella figura que tanto le gustaba y que apenas hacía unos instantes había tenido tan cerca.


Aquella historia que él elucubraba en su cabeza era imposible y sobre todo no conveniente, principalmente para ella dadas sus circunstancias maritales, por tanto él tendría que conformarse con verla moverse por casa aquellas dos mañanas a la semana disfrutando de sus sonrisas y sus breves conversaciones pero sobre todo, de la visión de aquel cuerpo espigado enfundado en unos ajustados jeans que se movía con una agilidad felina excitando todos sus sentidos.