sábado, 5 de marzo de 2016

NUESTRA HISTORIA Y... LA DE OTROS



Uno repasa su historia y tiene una rápida visión de su vida, de un vistazo sabe si esta ha sido buena, mala o regular, para algunos cabría encasillarla en la categoría de aceptable, para la mayoría sería mejorable, para muy pocos sería plena y para todos irrepetible pues una vida no puede volverse a vivir y por tanto es irrepetible aunque si imitable.

Nuestra historia la marcan los hechos que en ella acontecen y en los que nos vemos implicados de una u otra forma, aquellos acontecimientos que de alguna manera nos influyen y nos afectan, las personas con las que nos relacionamos en mayor o menor medida, el entorno en el que vivimos y los lugares que visitamos, las profesiones que desempeñamos, los libros que leemos, la música que oímos, las películas que visionamos o el teatro al que asistimos.

Nuestra historia es una cadena formada por cientos, miles de eslabones que constituyen la infinidad de detalles en los que nos vemos inmersos desde el mismo momento en el que vemos la luz; nadie sabe a ciencia cierta si las trayectorias vitales están predeterminadas pero es un hecho contrastado que algunos acontecimientos truncan vidas llevándolas por unos derroteros inesperados.

Si algo caracteriza al ser humano a diferencia de otras especies es su capacidad para adaptarse a las adversidades, nadie como él es capaz de superar situaciones límite en las que otros sucumbirían; su inteligencia e ingenio le ha permitido diseñar las herramientas necesarias para combatir y superar cualquier contratiempo o al menos un gran número de ellos y al hacerlo, estos logros pasan a marcar sus existencias llenando las páginas de su historia.

Nacimientos, bodas, funerales, primeros amores, primer trabajo, hechos que de alguna forma quedan grabados en nuestra memoria como referentes de nuestra existencia sin los cuales, nuestro paso por la vida no  dejaría huella; con cada logro, con cada fracaso, con cada ilusión, con cada desengaño, con cada reto, con cada abandono… se va construyendo el edificio que albergará nuestro currículum y él será, llegado el momento, quien dé testimonio de nuestro paso por la Tierra cuando ya no estemos en ella.

sábado, 27 de febrero de 2016

NALGAS GUERRERAS

Tenía el culo como un pan de pueblo, áspero y muy trabajado, su piel siempre encendida y roja lo asemejaba a un fresón gigante, sensible y delicado precisaba de continuos cuidados; llevaba años plantándole cara y no conseguía dominarlo, incluso en una ocasión le obligó a guardar cama durante nueve largos meses, todo un embarazo pero sin llegar a romper aguas en su momento.

Aquellas nalgas formaban un todo y como todo se le revelaban, llenas de marcas eran un fiel testigo de una vida azarosa y sacrificada, siempre había sido esclavo de aquella región corpórea que tantos sinsabores le había dado a lo largo de su precaria vida; después de treinta y cinco años ahí estaban de nuevo recordándole quien marcaba el ritmo de su vida.


Él intentaba olvidarlas pero como suyas que eran, siempre iban consigo allá dónde fuera y difícilmente podía hacer algo sin contar con ellas; eran su estigma personal pues nada grato había obtenido de ellas a lo largo de su existencia, siempre marcada por el capricho dérmico de tan peculiar apéndice.

Que una zona tan innoble lo tuviera hipotecado de por vida era algo a lo que no se resignaba, saltarse las normas implicaba un riesgo de nefastas consecuencias y él lo sabía, ya había pasado por ello y ahora sería mucho peor de tener que volver a repetir tan caótica experiencia. Continuamente se hacía fotos de la zona en conflicto, muchas veces abría con temor la pantalla de su cámara digital por lo que allí pudiera ver, comparaba las imágenes de unos días con otros valorando evoluciones, descubriendo nuevas lesiones, elucubrando pronósticos y tratamientos.

Como cada verano la cosa empeoraba, el calor excesivo y la humedad de un ambiente costero maceraban lo inmacerable, echando a perder los progresos de todo un año; uno veía impotente como perdía en pocos días todo lo ganado a lo largo de meses y el estrés generado venía a añadirse al ya instalado en su cabeza por otros motivos. Su mente recordaba las mil imágenes vistas en libros y revistas a lo largo de su vida y las hacía suyas en un futuro próximo, todo giraba en torno a aquellas nalgas guerreras.



Ellas le acompañarían el resto de sus días y quizás ellas fueran también algún día el origen de su final pero mientras ese día llegaba tendría que seguir toreando con aquel lastre dérmico instalado en sus posaderas; el tiempo pasaba y su resistencia disminuía, sabía que antes o después caería una vez más en el hoyo y puede que ese día ya no fuera capaz de salir de él pero así es la vida, todo tiene un principio y un fin, de una manera u otra todos acudimos al final a la misma sala de fiestas y allí entre humos y gritos apagados, despegamos hacia un lugar incierto pero seguro que muy diferente a lo que nos han contado en los mentideros; hasta allí llevaría él sus nalgas guerreras y con ellas despegaría rumbo a la eternidad..

sábado, 20 de febrero de 2016

MAUPITI, EL RINCÓN PERDIDO

Necesitaba escapar, dejar atrás la vida que llevaba y perder de vista la caótica situación en la que se habían convertido sus jornadas, estaba dispuesto a desaparecer y empezar de cero donde nadie lo conociera. El mundo urbano en el que siempre había vivido ahora lo asfixiaba y lo sentía como una losa sobre su pecho, necesitaba aire nuevo que allí nunca podría encontrar y eso lo empujaba fuera de las fronteras de lo que hasta ese día había sido su patria.

Los últimos años estaban siendo nefastos y la decisión estaba tomada; un día aún por determinar, tomaría un vuelo y se perdería entre las nubes camino de las antípodas poniendo miles de kilómetros entre los dos mundos, el que dejaba atrás y el que pensaba descubrir. Ya desde niño sentía una atracción especial por los lejanos mares del sur y sus  paradisíacas islas, grandes desconocidas que a pesar del boom turístico de alto standing de las últimas décadas, conservaban la esencia de lo que fueron en un pasado cuando Cook y otros navegantes pusieron el pie por primera vez en sus playas de arenas blancas.


Sabía que el paso que estaba dispuesto a dar era definitivo, no tenía vuelta atrás y con él se iniciaría el resto de su futuro; la decisión estaba tomada, el objetivo marcado y el día de la partida llegó con la cabeza fría y los nervios templados, despedirse de ciertas personas no era fácil y más sin saber si volvería a verlas, si tendría una nueva ocasión de abrazarlas… Sin volver la cabeza subió la escalerilla del avión 757 de la compañía Iberia y se perdió dentro de aquel tubo metálico que pocos minutos después lo alejaría de su gente, su ciudad y su patria.

Tras veinticuatro horas de viaje y más de veinte mil kilómetros recorridos, ponía por fin los pies en tierras polinesias experimentando un subidón de adrenalina al contemplar la luz de aquellos cielos, el azul en todas sus variantes de aquellos mares y el verde de aquellas crestas volcánicas que en ocasiones se perdían entre las nubes. Tahití y sus islas satélites eran su nuevo mundo y él venía dispuesto a descubrirlo e integrarse como uno más de sus pobladores; había roto con su pasado, dejado atrás a quien hasta ese momento había sido y estaba dispuesto a partir de cero con todas sus posibles consecuencias.

El Tiare Tahití era un hotel de dos estrellas sin grandes pretensiones pero ubicado en una situación magnífica, en pleno Boulevard Pomaré tenía frente a él una pequeña dársena del puerto donde atracaban espléndidos yates y veleros, desde sus terrazas podía observarse la silueta de la vecina isla de Moorea separada de Tahití por escasos catorce kilómetros de un mar azul intenso. Allí tenía pensado pasar la primera semana de su nueva vida, allí se organizaría y empezaría su periodo de aclimatación; tenía pensado ir al consulado para dejar testimonio de su presencia y una vez arreglados los trámites legales comenzaría su periplo por las islas visitando en primer lugar la que había elegido para su primera etapa polinesia.


Papeete era la capital y centro administrativo de la Polinesia Francesa, su zona urbana era la más grande del archipiélago con algo más de ciento veintisiete mil almas distribuidas entre sus siete municipios; el centro de la ciudad era un hervidero de tráfico rodado llegando a ser un problema en algunos puntos debido a la estrechez de sus calles, pero ese mismo caos urbano le daba cierto encanto exótico al verte rodeado por multitud de bicicletas y ciclomotores, muchas de las cuales conducidas por mujeres ataviadas con sus típicos pareos y adornadas con una tiare en el pelo, daban una nota de color al entorno.

Tras su primera semana conociendo Papeete y sus alrededores, después de haber hecho un tour por toda la isla visitando los lugares más atractivos y una vez asimiladas sus primeras experiencias, estaba listo para dar el salto al punto que tenía en mente desde hacía muchos meses. La Polinesia Francesa estaba constituida por cinco archipiélagos  de los cuales las islas de la Sociedad en las que se encontraba, eran las más famosas y conocidas; entre ellas y junto con Tahití, la vecina Moorea y Bora Bora eran sin duda los paraísos soñados por muchos pero había otros rincones no por menos conocidos igual o incluso más espectaculares y hacia uno de ellos tenía pensado dirigirse.


Maupiti era una de las últimas islas de la Sociedad, situada al oeste de Bora Bora estaba considerada una copia en miniatura de esta de la cual la separaban escasos cuarenta kilómetros; esta joya de los Mares del Sur al igual que su hermana mayor, contaba con elevadas crestas rocosas que emergían sobre una laguna de aguas turquesas poco profundas, limitada del vasto océano por cinco islotes o motus y una barrera de coral, a diferencia de Bora Bora aquí aún se preservaba el encanto original de lo que fueron las islas en el pasado al no estar contaminada por el turismo masivo, él lo sabía y por eso quería pasar algún tiempo en el pequeño islote mientras decidía el destino definitivo en el que instalarse. El acceso por mar a Maupiti solo podía hacerse por el paso de Onoiau, un estrecho canal entre dos motus que los días de temporal impedía la salida de la isla debido al oleaje y una fuerte corriente obligando a abortar el abandono de la laguna; tres veces a la semana un rápido transbordador, el Maupiti Express, cubría la distancia entre Bora Bora y el puerto de Vaiea tras dos horas de navegación, en él llegaban o salían turistas y los propios polinesios autóctonos de la isla.

En el aeropuerto de Taha’a cogió un avión de Air Tahití, la compañía que hacía los vuelos entre las islas, y cincuenta y cinco minutos más tarde tomaba tierra en la pequeña pista de aterrizaje situada en el arrecife del motu Tuanai, desde allí una lancha lo llevaría a la isla principal. Desde Papeete había hecho una reserva en Le Kuriri, un pequeño hotel de tres estrellas regentado por un par de francesas; en Maupiti no había grandes complejos hoteleros, de hecho las autoridades se habían opuesto a su construcción en el pasado, por lo que la infraestructura hotelera se limitaba a unas cuantas pensiones de las cuales Le Kuriri situada en el Motu Tiapaa era la más significada; contaba con cinco espaciosos bungalows situados a pie de playa construidos con materiales naturales y decorados al estilo polinésico, todos ellos disponían de baño exterior con ducha de cascada y un gran ventilador en el techo. En uno de ellos se disponía a pasar las próximas semanas mientras conocía la isla y tomaba las primeras decisiones sobre su futuro.


Una vez acomodado y tras una relajante y prolongada ducha bajo el caudal de agua tibia que brotaba de su exótico baño, pisó por  primera vez la arena de aquellas playas envuelto en un colorido pareo, adquirido en el mercado de Papeete, dispuesto a hacer un primer reconocimiento de la zona; no tardaría en darse cuenta de que aquel lugar se parecía mucho a lo que había venido buscando. Le Kuriri ocupaba una propiedad de seis kilómetros cuadrados al borde de un palmeral que hacía de barrera con la franja de arenas blancas que morían en las aguas turquesas de la laguna, sus cinco estancias se mimetizaban con el entorno guardando una distancia entre ellas que permitía mantener la intimidad buscada; un bungalow algo mayor hacía las veces de recepción y daba servicios de restauración, escasos en la isla pues al margen de las cocinas de la pocas pensiones existentes, tan solo había un restaurante en todo Maupiti.

La isla contaba con alrededor de mil doscientos habitantes concentrados en su mayor parte en una gran aldea resultante de la unión de tres núcleos urbanos contiguos (Vaiea, Petei y Farauro) situados al pie del Hotu Parata, un acantilado de basalto negro que se elevaba 165 metros sobre el nivel del mar no obstante, este no era el punto más alto de Maupiti ya que tal honor le correspondía al monte Teurafaatiu de 380 metros desde cuya cima se tenía una vista inmejorable de la laguna con la imagen de la silueta de Bora Bora como telón de fondo, en los días claros era posible llegar a ver en la lejanía las islas de Taha’a y Raiatea; uno de esos días se aventuraría por la  senda que según había leído, en poco más de tres horas de ascenso suave te llevaba hasta la cima.


A través de Camille, una de las propietarias de Le Kuriri, se había informado sobre los atractivos de la isla, todos ellos los iría descubriendo en los próximos días al tiempo que la pequeña isla iba a ir entrando en su bagaje personal y más íntimo. Playa Tereia estaba considerada como una de las más espectaculares de la Polinesia Francesa, intocable con el paso del tiempo y sin apenas presencia humana, esta franja de arena blanca y rosa estaba situada en la parte más occidental de la isla central frente a una zona poco profunda de la laguna; con la marea baja se podía cruzar al motu Auira, el más grande de Maupiti, con el agua a la cintura por “el Estrecho de los Tiburones”, durante el trayecto de poco más de media hora se podían  apreciar los puntos negros de las aletas dorsales de los pequeños tiburones de arrecife.


Otro de los atractivos de Maupiti era recorrerla entera pedaleando sobre una de las muchas bicicletas que los nativos alquilaban en sus pequeños negocios, para ello existía un camino circular de escasos once kilómetros sin apenas pendiente salvo en un pequeño puerto situado entre playa Tereia y la costa sur de la isla, durante casi todo el recorrido la visión de la laguna con el océano rompiendo más allá del arrecife nos acompañará en un paseo inolvidable. Las plantaciones de sandías, principal cultivo de la isla, también estarán presentes en el paseo ciclista, la mayoría de la población de Maupiti trabaja en estos campos exportando sus frutos al resto de las islas de la Sociedad.



Los fondos marinos de Maupiti, según le contó Camille, eran dignos de un documental de la National Geographic, la laguna era con frecuencia visitada por las majestuosas rayas grises y enormes rayas manta que utilizaban sus aguas como zona de limpieza; en las cercanías del motu Paeao los jardines de coral eran una sinfonía de color albergando en sus fondos una multitud de peces tropicales de las especies más diversas, así mismo durante los meses de junio a agosto los alrededores de la isla se convertían en un santuario para las ballenas jorobadas que acudían hasta allí en busca de refugio. Todo aquello superaba sus expectativas no teniendo tiempo para echar de menos lo que había dejado atrás, ante  él se abría una nueva vida en un lugar del que  por mucho que se hubiera informado, no dejaba de sorprenderle; su aventura acababa de dar comienzo y estaba dispuesto a sacarle todo el jugo.

sábado, 13 de febrero de 2016

ANACLETA, UNA MUJER SINGULAR

Anacleta, a quien todos conocían como Ana la zamba, era una mujer vulgar del pueblo llano, de joven había sido una adolescente alocada tocando todos los palos de la marginalidad, en su casa la dieron por perdida y nunca encontró su sitio en la sociedad. Tenía antecedentes penales pues más de una vez pasó la noche en los calabozos tras los excesos a los que estaba acostumbrada, era rebelde y no se achataba ante nada motivo por el que en alguna ocasión la habían cruzado la cara.

Con una juventud marcada por amistades poco recomendables, continuos disgustos familiares y una absoluta falta de responsabilidad, pronto se aficionó al dinero fácil y la mejor forma de conseguirlo fue explotando sus encantos. De cara era resultona, con el pelo castaño y ojos color de miel solía gustar al primer vistazo; sonreía como una hiena y eso ponía cachondo a más de uno de los muchos que aspiraban a beneficiársela pero ella en aquellos tiempos siempre fue selectiva con los asuntos del roce corporal y no prestaba sus favores a cualquiera.

El apodo de la zamba le venía de sus piernas arqueadas lo que le daba unos andares muy pintorescos, ella no hacía caso y siempre decía que “por el túnel pasa el tren” y razón tenía pues entre aquel túnel formado por sus piernas arqueadas pasaron muchos trenes durante una época de su vida, hoy ya convertida en una mujer madura Anacleta ya no era la que fue a pesar de seguir moviéndose en ambientes turbios.

Su profesión aunque relacionada con la calle no era de bajarse las bragas, podíamos definirla como pajillera de patio de butacas, ocupación que ejercía en las salas de cine X; su material de trabajo eran unos guantes de  látex y un buen juego de muñeca. El ángulo de fricción, la cadencia del bombeo, la presión digital sobre el miembro así como la posición de ataque, eran factores muy a tener en cuenta a la hora de realizar una buena paja, Anacleta lo sabía bien pues eran muchos años de experiencia en el oficio y sus expertas manos se movían con habilidad en su campo de batalla.


Hoy el trabajo ya no era lo de hace unos años, la llegada de los videoclubs en los que la gente alquilaba sus pelis guarras y más tarde con la aparición de internet en donde estas eran gratis, redujo la afluencia de público a las salas X, no es que en pleno auge estas se llenaran pero la zamba en una sola sesión había llegado a sacarle lustre al miembro de quince o veinte clientes haciendo una buena caja. La profesión de pajillera estaba tocada de muerte al igual que este tipo de cines en los que ella desempeñaba su función y de los que apenas se podían contar ya con los dedos de una mano. Ver pelis guarras en la intimidad del home había desbaratado el negocio de Anacleta quien se sentía ya mayor para cambiar de disciplina.

Anacleta era una de las últimas representantes de un glorioso oficio que encumbró al Cuerpo de  Pajilleras del Hospicio de San Juan de Dios, de  Málaga, creado en 1840 y cuyo fin era prestar consuelo mediante maniobras de masturbación a los numerosos heridos en las batallas de la reciente guerra carlista española; su devoción altruista en el desahogo del semen oprimido las llevó a ser conocidas como Las pajilleras de la caridad.


Yo conocí a Anacleta la zamba y no como cliente, le vendía los guantes de látex que por entonces se llevaba en cajas de cien unidades, pude ver el declive de aquella mujer de piernas arqueadas cuyos andares ya le pasaban factura a sus rodillas, con apenas cincuenta años padecía una acelerada artrosis de muñecas quizás debida a su agitada vida en los patios de butacas en donde tantas veces fue reclamada su presencia.

Aquella mujer podía escribir un tratado sobre la buena paja pues las había hecho de mil formas pero siempre de manera higiénica, profesional y sobre todo placentera; en cuanto tenía un pene entre sus manos sabía cómo iba este a responder, sabía cómo enlentecer el trabajo si ese era su deseo o acabarlo de forma rápida; era experta en el estrangulamiento simulado, el retorcimiento penoso y la sacudida salvaje, todas estas técnicas habían hecho de Anacleta una artista de la masturbación en penumbra, sus clientes la veneraban y era muy común repetir sus servicios a lo largo de una sesión de cine X.


Hoy Anacleta conocida como la zamba, deambulaba sin rumbo fijo por los barrios que un día la encumbraron, las salas de cine donde paseo su arte pajillero hoy tenían las persianas echadas o se habían reconvertido en algún negocio asiático, solo aquellos cuyos miembros tuvieron la fortuna de ser masajeados por sus manos, guardaban un grato recuerdo de aquellos momentos íntimos que marcaron sus vidas pues una paja de Anacleta no se le hacía a cualquiera.

sábado, 6 de febrero de 2016

EL SUEÑO DE LA MARMOTA

Dormía poco cuando era la hora de dormir y claro está, luego iba durmiéndose fuera de horas; tenía un sueño flojo, era más bien un duermevelas mediocre y escasamente reparador cuya consecuencia era un aturdimiento crónico durante el día. Era muy de soñar despierto aun con los ojos cerrados pues aquel tipo era de párpados caídos; sus sueños imposibles a todas luces inviables, volvían cada noche a instalarse en su cabeza sin pedir permiso para entrar, con ellos volaba lejos de su envase orgánico escapando por unos instantes de su monótona y vacía vida terrenal.

Ansiaba su fase REM de sueño reparador, era suya y tenía derecho a disfrutarla y beneficiarse de ella, acumular fragmentos de insomnio se había convertido en una malsana costumbre en los últimos tiempos y no sabía cómo escapar de ella. Durante un tiempo probó las pastillas, de todo tipo y colores, pero como no andaba muy bien del tema respiratorio y éstas lo deprimían, tuvo que dejarlas aun así cuando las tomaba, su estado  tampoco era para tirar cohetes.


Fijar la vista en el techo a través de sus párpados cerrados era el si o si de cada noche, se había convertido en un profesional del mal dormir y conocía todas sus fases; con cada declive del día tenía la esperanza de que esa sería la noche en la que por fin podría conciliar el ansiado sueño y de una vez por todas sería capaz de desconectar por unas horas de su caótica realidad. Es curioso como el tiempo nocturno te permite organizar tú vida estableciendo prioridades, planificando estrategias, ordenando recuerdos y es curioso también como con las primeras luces de cada mañana, todos esos planes y estrategias saltan por los aires sin dejar huella.

El sueño del delfín o duermevelas humano, dejaba momentos para la ensoñación en la cual uno vivía ficciones o realidades inconscientes que escapaban al control, sin dejar la realidad uno se perdía entre  las brumas de su maraña neuronal y allí, entre chispazos y saltos sinápticos veía  rostros añorados y queridos, oía voces conocidas y esperadas, mantenía  conversaciones aplazadas o imprevistas; ese estado de semiinconsciencia permitía volar lejos por unos instantes visitando mundos inalcanzables vetados en estados de vigilia.



Tumbado e inerte veía pasar las horas sumido en las sombras de su noche esperando el despertar de un nuevo día, listo para poner en práctica lo elucubrado con las hadas unas horas antes,  esos planes que con claridad meridiana había organizado durante sus horas de insomnio; algo pasa que cuando te incorporas, toda esa planificación se va al traste como un castillo de naipes dejando el campo de tú mente yermo como un páramo siberiano. El sueño de la marmota está lejos de ser imitado y al contrario que ella cuando  sales a la luz del día y ves tú sombra, no regresas a la madriguera para seguir hibernando sino que debes iniciar la jornada a duras penas sobreponiéndote a un cuerpo roto y un entorno hostil, es la vida que te ha tocado vivir.

sábado, 30 de enero de 2016

UNA ISLA PARA EL GRAN CAPITÁN

Las naves se quemaron una a una ante la impotencia de una gente que no daba crédito a lo que veían sus ojos, la que fue hasta hace poco una gran armada se fue desintegrando a marchas forzadas en cuestión de meses; ni los más viejos del lugar podían creer que todo el potencial de aquella unidad de combate se hubiera esfumado de la forma en que lo había hecho en los últimos tiempos, pronto ya nada quedaría de ella ni siquiera sus cenizas.

Pocos fueron los que aguantaron hasta el final, la mayor parte de la marinería fue quedándose por el camino ante una situación insostenible y caótica que duraba ya demasiado tiempo; la ansiedad, la depresión, el engaño y también porque no decirlo, la cobardía y la falta de vergüenza, hicieron mella en las gentes que hasta hace poco eran una piña alrededor del puente de mando.

La situación era muy difícil, terminal, y estaba mal gestionada desde mucho tiempo atrás, a eso se añadieron circunstancias que escapaban al control de cualquier equipo de gobierno; la tempestad arremetió con una fuerza inusitada lejos de cualquier puerto seguro y en esta tesitura las naves empezaron a hacer agua. Las bombas de achique las mantuvieron a flote durante un tiempo pero llegó un momento en que el caudal entrante era mucho, superando con creces al que salía, de forma que al final las naves empezaron a zozobrar una tras otra.


El gran capitán, cabeza visible de aquella armada que en tantas ocasiones gustó de lucir sus galones en salones y despachos, no supo estar a la altura y lejos de  dar ejemplo ante la marinería y el resto de oficiales, desapareció de la escena; antes que él sus más allegados ya habían saltado por la borda buscando un vía de escape segura y ajena al resto que quedó atrás luchando contra el oleaje.

Tras una vida mal gestionada no supo hacer frente a sus responsabilidades optando por la opción más fácil, dejar el campo de batalla y ponerse a salvo lejos de miradas, disputas y enfrentamientos. Se refugió en su isla urbana rodeado de un pequeño grupo de aláteres que durante décadas lo habían adulado y enaltecido haciéndole creer ser quien no era; la isla del gran capitán no era más que un  espacio en el que lavar su conciencia y esconder sus vergüenzas, esas que nunca reconocería en público ante el cual él querría seguir siendo quien fue.

Como un gran elefante blanco seguiría acudiendo a los centros de poder sin ser consciente de que su tiempo ya había pasado y que su mancha le acompañaría el resto de sus días; aun sin él saberlo su presencia ponía en marcha una cascada de murmuraciones y cuchicheos entre los que al verlo pasar le sonreían y estrechaban su mano, como suele decirse el cornudo es el último en enterarse de sus cuernos (ni siquiera nota el peso).

Su progenie desnatada parecía vivir el mundo del colorín, ajenos a cualquier acto de responsabilidad y sin implicarse en nada, eran de los primeros que abandonaron los barcos alegando lo inalegable, o sin tan siquiera hacerlo; tan solo desaparecieron un día en medio de la tormenta amparados en la confusión del momento, no se volvió a saber de ellos, ni siquiera recogieron sus pertenencias lo que dejaba a las claras el poco valor que les daban.


Y mientras los últimos restos de la que fue insigne armada luchaban por no irse a pique o al menos retrasar el debacle que se cernía sobre ellos, el gran capitán se dedicaba a la conspiración poniendo trabas a cualquier idea o actuación que les permitiera seguir en la brecha. Los malos tiempos habían arrancado la careta al que fue director de orquesta de aquella filarmónica, el que cambiaba de instrumentos con una periodicidad galáctica sin dar tiempo a que estos llegaran a coger polvo; nada había salido como él pensaba ¿o quizás sí?


Las últimas líneas de su historia aun no estaban escritas y el camino incierto que se abría ante ellos no dejaba mucho margen al optimismo, enrocado en la sinrazón el gran capitán daba la impresión de querer morir matando defendiendo una postura, su postura, a todas luces errónea e inconsistente, el tiempo daría y quitaría razones pero mientras tanto la gran armada se deshacía a la vista de todos y estos todos se frotaban las manos a la espera de su ración del pastel.

sábado, 23 de enero de 2016

DESENGAÑOS Y OTROS REVESES

Uno es confiado y como dice la tan manida frase “la esperanza es lo último que se pierde”. Aquel tipo siempre fue muy detallista y porque no decirlo también, un tanto enamoradizo; era de los que nunca olvidaban una fecha, un acontecimiento, un momento especial y en el fondo siempre esperaba que la cosa fuera recíproca, nada más lejos de la realidad.

Era de los que nunca acertaba, cuanto más interés tenía por una persona ésta menos considerada era con él; tenía el punto de mira equivocado y claro está, el fallo estaba asegurado de antemano. Su azarosa vida no le había sido benévola y ya a temprana edad tuvo que lidiar con situaciones difíciles, podría decirse de él que tenía  un sino complicado.


El paso del tiempo no mejoró su situación y los palos le siguieron llegando de las formas más variadas, unas veces eran problemas de salud, en otras lo eran de índole económico, también la faceta familiar se resintió en algún momento de su vida y como no, estaba la esfera sentimental pues el corazón no quedaba exento a sus lastres existenciales.

Lo conocían como el triste pues triste era su vida, anodina y estéril, todas sus ilusiones quedaron en coma vegetativo muchos años atrás y ya nada bueno le quedaba por esperar; de este modo sus jornadas se habían convertido en réplicas de una misma historia escritas por una mano anónima que movía los hilos de su destino.

Con la mente siempre lejos de su cuerpo intentaba vivir otras realidades más llevaderas, menos frustrantes, más benignas; como si su vía de escape fuera un embudo esta siempre lo dirigía a las antípodas de su espacio físico y allí era otro. Se movía en otro mundo, pisaba otros suelos, se bañaba en otros mares y su alma se regeneraba con cada nuevo amanecer acercándolo cada vez más a un éxtasis vital.


Allí lejos quedaban los desengaños y reveses que la vida y las gentes le proporcionaban, allí nada de lo de aquí importaba pues todo quedaba atrás, en un segundo e intrascendente plano por el que no valía la pena preocuparse. Aquella vida ficticia era su válvula de escape, una existencia paralela muy diferente y distante a su verdadero recorrido vital el cual se alimentaba de ella para poder seguir rodando.


Con el sonido de un ukelele lejano cerraba los ojos por las noches sabiendo que las aguas turquesas de la laguna le darían los buenos días en las próximas horas, la luz rabiosa de aquel paraíso entraría una vez más por sus ventanas y al pie de las crestas volcánicas tapizadas por una foresta verde y salvaje, pisaría una vez más las arenas blancas de su isla mágica.